OPEN TT§ 8.1 — Estructura: plies, disposición, grano
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§ 8.1

Estructura: plies, disposición, grano

Parte III · Las maderasCapítulo 82 min min de lectura

Una madera de tenis de mesa no es un bloque macizo. Es un sándwich de láminas finas —las plies o capas— pegadas entre sí con resina bajo presión y calor. El número de capas, el orden en que se disponen y la orientación de la fibra de cada una determinan buena parte del carácter de la pala antes de que se le pegue ninguna goma.

Las configuraciones más habituales son de tres, cinco y siete capas. Una madera de cinco capas es la referencia histórica del juego ofensivo y allround; las de siete buscan más rigidez y potencia sin recurrir a materiales sintéticos. Las de tres capas —menos comunes— aparecen en diseños específicos donde se quiere un tacto muy directo, como las maderas de hinoki sólido del penhold japonés. Las construcciones concretas de cinco y siete capas, con sus perfiles de juego, se desarrollan en las secciones 9.4 y 9.5.

Toda madera se organiza de forma simétrica alrededor de una capa central, el núcleo. Si hay cinco capas, el esquema es exterior-intermedia-núcleo-intermedia-exterior. Si hay siete, se añade una capa más a cada lado del núcleo. La simetría no es un capricho estético: evita que la madera se curve con los cambios de humedad y temperatura, porque las tensiones se compensan a ambos lados del eje central.

El núcleo suele ser de madera ligera y blanda —ayous, kiri o balsa son las más frecuentes— porque su función es absorber energía y aportar feeling. Las capas externas, en cambio, tienden a ser más duras y densas: koto, limba o hinoki, entre otras. Son las que reciben el impacto de la goma y condicionan la respuesta inmediata que el jugador percibe en la mano. Las especies y sus propiedades tienen sección propia en 9.2 y 9.3.

Queda el tercer elemento: la orientación del grano. La madera es un material anisotrópico —se comporta de forma distinta según la dirección en que se la solicite—. Cada capa se coloca con la fibra orientada en una de dos direcciones: longitudinal, con las vetas corriendo a lo largo del mango hacia la cabeza, o transversal, con las vetas perpendiculares a ese eje. Las capas se alternan: si la exterior va en longitudinal, la siguiente va en transversal, la siguiente en longitudinal, y así sucesivamente.

Esta alternancia cumple dos funciones. La primera, estructural: cruzar las fibras da rigidez en todas las direcciones y evita que la hoja se parta siguiendo la veta, como ocurriría con una lámina única. La segunda, dinámica: la proporción de capas longitudinales frente a transversales influye en cómo se distribuye la vibración y en el tamaño efectivo del sweet spot. Una madera con más capas en transversal tiende a repartir el impacto en un área mayor; una con predominio longitudinal concentra la respuesta en el eje central. Cómo se traducen estas diferencias en velocidad, flex y vibración se aborda en 8.5.

Cuando a este esquema de capas de madera se le añaden láminas de fibra sintética —carbono, aramida, zylon—, la lógica constructiva cambia: el composite no tiene grano en el mismo sentido y aporta propiedades que la madera sola no puede dar. Esa frontera entre madera pura y madera con composite es precisamente el tema de la sección siguiente.