OPEN TT§ 13.6 — Almacenamiento: funda, temperatura, humedad
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§ 13.6

Almacenamiento: funda, temperatura, humedad

Parte IV · Combinación y ensamblajeCapítulo 133 min min de lectura

Una goma limpia tras la sesión —según la rutina descrita en 13.5— puede perder en una semana lo que la limpieza le ha preservado si la pala se guarda mal. El almacenamiento no mejora el material, pero un almacenamiento descuidado lo degrada sin que el jugador toque una bola. Los enemigos son pocos y conocidos: calor, humedad, luz y presión mecánica.

La funda es la primera barrera. Su función no es decorativa: aísla la pala del polvo ambiental, de los golpes durante el transporte y, si es de calidad razonable, de los cambios bruscos de temperatura. Las fundas rígidas o semirrígidas protegen mejor contra impactos que las blandas de tela, pero cualquier funda cerrada cumple el mínimo: evitar que las gomas queden expuestas al aire y a la luz directa. Llevar la pala suelta en una mochila, con las gomas rozando contra llaves, botellas o ropa húmeda, es el modo más eficaz de acortar su vida útil sin necesidad de jugar.

La temperatura es el factor que más daño hace con menos aviso. El caucho del topsheet se degrada por oxidación, y el calor acelera esa reacción. Una pala olvidada en el maletero del coche en verano puede alcanzar temperaturas que en una hora causan más envejecimiento que un mes de uso normal. La esponja también acusa: pierde elasticidad, se endurece y el efecto catapulta descrito en 2.4 se atenúa de forma irreversible. El frío extremo es menos dañino pero no inocuo: una goma sacada de un entorno muy frío y puesta a jugar de inmediato se comporta de forma más rígida hasta que alcanza la temperatura de la sala. La referencia práctica es sencilla: la pala se guarda donde se guardaría un libro, a temperatura ambiente, lejos de fuentes de calor directo y de ventanas expuestas al sol.

La humedad ataca por otro flanco. La madera es higroscópica: absorbe y libera agua según el ambiente. En entornos muy húmedos, las capas externas se hinchan ligeramente, pueden curvarse y la unión entre madera y esponja se debilita. En entornos muy secos, la madera se contrae y puede generar tensiones que provoquen microgrietas en el barniz o en la propia estructura. Ninguno de los dos extremos es habitual en una vivienda normal, pero sí lo son los vestuarios con duchas, los sótanos sin ventilación y las bolsas de deporte cerradas con ropa mojada dentro. Si la pala se ha expuesto a humedad elevada, conviene dejarla secar al aire —fuera de la funda, pero lejos del sol— antes de guardarla de nuevo.

La posición importa menos de lo que algunos jugadores creen, pero tiene un punto relevante. Si la pala se guarda con peso encima o apoyada sobre una goma durante semanas, la esponja puede deformarse de forma permanente en la zona de contacto. El efecto es menor si la presión es ligera —la propia pala apoyada de plano—, pero se acentúa si sobre ella se apilan libros, raquetas o bolsas. Lo más sencillo es guardarla en posición horizontal dentro de su funda, sin nada encima, o en vertical si la funda lo permite. Las láminas protectoras que se mencionaron en 13.5 para las gomas pegajosas cumplen aquí una segunda función: impiden que las dos gomas entren en contacto directo si la funda es blanda y las caras se tocan.

Ninguna de estas precauciones exige esfuerzo ni inversión. Una funda, un lugar fresco y seco, y la costumbre de no dejar la pala donde no se dejaría un instrumento de precisión. La degradación que se evita con estos hábitos es la misma que después se confunde con gomas «gastadas» o maderas «muertas» —señales que se detallan en 13.7 y 13.8— cuando en realidad el material ha envejecido fuera de la mesa, no sobre ella.