VOC, boosters y la evolución del reglamento
Una goma homologada puede ser modificada después de salir de fábrica. Basta aplicar sobre la esponja ciertas sustancias para alterar sus prestaciones, a veces de forma notable. Esa posibilidad ha sido durante décadas uno de los terrenos más disputados del reglamento, y conviene separar las dos prácticas que la historia ha tratado por separado y que muchos jugadores confunden.
La primera es el speed glue: pegamentos con disolventes orgánicos volátiles —VOC, del inglés Volatile Organic Compounds— que el jugador aplicaba poco antes de jugar. El disolvente hinchaba temporalmente la esponja, tensaba el topsheet y daba al conjunto una elasticidad aumentada que se traducía en más velocidad y más efecto. El inconveniente era doble: el efecto duraba pocas horas y los disolventes eran nocivos para la salud de jugadores, entrenadores y árbitros expuestos sesión tras sesión en gimnasios cerrados.
En 2008, la ITTF prohibió los pegamentos con VOC. Desde entonces, los únicos pegamentos legales son los acuosos. La prohibición se acompañó de un instrumento de control concreto —un testador de compuestos volátiles que el árbitro puede pasar sobre la goma— cuyo funcionamiento se describe en 3.6.
La segunda práctica es el boosting: la aplicación de aceites o soluciones sobre la esponja, con la goma desmontada, horas o días antes de jugar. A diferencia del speed glue, un boost bien aplicado sostiene la modificación durante semanas o meses. Ambas prácticas persiguen un efecto emparentado —hacer que la esponja trabaje de forma más elástica—, pero emplean sustancias distintas, se aplican de forma distinta y han sido reguladas en momentos distintos.
Lo que interesa al jugador actual es la relación entre el reglamento y el boosting. La ITTF no lo ha prohibido con el mismo nivel de detalle con que prohibió los VOC. El reglamento establece que la goma no puede ser tratada física ni químicamente después de ser fabricada, pero el testador que se aplica en competición detecta específicamente compuestos orgánicos volátiles, y la mayoría de los boosters modernos están formulados para no contener esos compuestos en concentraciones detectables. Existe, por tanto, una regla amplia y un instrumento de control estrecho que no la cubre por completo. El resultado es una zona gris: el boost moderno es contrario al espíritu del reglamento, pero no es detectable por el control habitual si se ha aplicado con los productos adecuados y con el tiempo suficiente para que cualquier residuo se haya disipado.
La dirección histórica es clara: el reglamento se ha movido hacia un mayor control sobre los tratamientos post-fabricación. El estado actual no es un equilibrio estable sino una tregua, y cualquier jugador que quiera operar sobre seguro en competición debe informarse del estado vigente en el momento en que vaya a competir. La historia completa del boosting —su física, las sustancias empleadas, la diferencia cultural entre las tradiciones china y europea, los riesgos para la goma y para la salud— se desarrolla en el capítulo 14 y no se adelanta aquí.
Una consecuencia práctica que conecta con lo anterior: el boosting hincha la esponja por encima de su valor nominal, lo que puede hacer que el recubrimiento supere el tope de 4,0 mm descrito en 3.2. En competición, eso constituye una infracción adicional e independiente de la del tratamiento en sí. Los procedimientos de medición e inspección son el asunto de 3.6.